Volver a ser

Me acuerdo de verlo en Gimnasia, movedizo, inquieto e intenso. Y no solo eso, también en el Lobo mostraba buen pie, manejo de pelota, pases, armado de juego y panorama. Pero bueno, en ese momento pensaba “no es lo mismo River”. Sin embargo, cuando empezó a vestir la banda roja de a poco fue mostrando esas cositas hasta convertirse en una pieza clave del equipo, en el conductor y en el preferido de Gallardo. Nacho supo ser el 10, el 8 y el 5, todo eso a la vez, porque tiene conceptos de varios puestos y cualidades que pocos futbolistas tienen.

Él era el armador y el cerebro de aquel mediocampo que brillaba y gustaba junto con Ponzio, Pity Martínez y Rojas. Se lo veía cómodo, suelto y confiado. De hecho se ve en cancha que cuando no la tiene se fastidia y la pasa mal, porque el zurdo necesita estar en contacto con la bocha… acá, allá, ahí y en toda la cancha. Se mueve y aparece por todos lados. La pide y la devuelve. Va y viene.

De repente y en coincidencia con el bajón colectivo, Nacho se fue apagando y sin dudas River lo sintió (casualidad o causalidad). Para colmo llegó Enzo Pérez, cambió el medio porque salió el Chino Rojas, o a veces se jugaba con cinco volantes y un solo delantero, y él pasó a jugar unos metros más adelante, y ya no fue lo mismo.

Hacía un tiempo que no estaba en su mejor nivel y así y todo seguía jugando, porque pese a no estar fino tenía apariciones interesantes y hacía goles importantes, porque es uno de los elegidos de Napoleón y porque tenía y tiene todo para revivir el juego grupal, y entonces era la esperanza, hasta que un día, con el equipo en una profunda crisis futbolística, salió del once titular.

Luego del tironcito de orejas se lució en el Superclásico de Reserva (coincidió con su suspensión en Copa Libertadores); mostró muecas de mejoras contra Chacarita; la rompió con Boca en Mendoza y volvió a destacarse con Belgrano. Listo, Nacho está de vuelta. Él y River necesitaban volver a ser.

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