El hincha de River, el mejor del mundo

Banderazo en Tokio.

“Después nos vamos a Tokio a ver a River campeón mundial”, cantaba en la ducha allá por diciembre de 1996. Era chico, recién arrancaba la Secundaria y no podía creer que íbamos a jugar la por entonces final Intercontinental. Es que desde que tenés uso de razón pensás en ese partido. En aquel momento sabía que era imposible viajar, porque por mi edad no podía hacerlo por mis propios medios y a mi viejo, hincha de otro club, no se le pasaba por la cabeza (es el día de hoy que me preguntan por qué soy de River, a lo que contesto cantando “yo soy de River porque el mundo me hizo así”), pero quiero aprovechar agradecerle a él por haberme permitido ser gallina y no ponerme obstáculos. Entonces, vi la derrota con Juventus por televisión. Disfruté, sufrí, reí y lloré.

19 años después, ya sin mi viejo, volví a disfrutar, a sufrir, a reír…y a llorar, pero esta vez de emoción. Una emoción que solo pueden entender (o tratar) los que estuvieron allá, en Japón, sí…gracias a la pasión, a la enfermedad, la locura y gracias a River cumplí el sueño de cruzar los siete mares y estar en la final del mundo, como persona una experiencia única e inolvidable, y como hincha, lo mejor que me pasó en la vida.

Ese viaje nos describe como hinchas: pasión, color, convocatoria, aliento, apoyo, esfuerzo por estar (como sea) y sentido de pertenencia. Fue muy fuerte todo. Éramos como una gran familia. En cada lugar que pisabas había gente con ropa de River (no exagero), y te saludabas, te dabas fuerza, cantabas, te abrazabas, llorabas, reías, contabas cosas y te ayudabas.

El objetivo era estar allá, a pesar de cualquier resultado, sentía que tenía que estar ahí. Entonces, pese a saber que enfrente estaba el mejor de la historia, viajé con toda la ilusión de salir campeón del mundo, porque ese plantel me hizo sentir que se podía. Finalmente, fue un subcampeonato, pero yo, como muchos de los más de 20.000 hinchas que “invadimos Japón, para ver al campeón”, nos sentimos campeones del mundo, como hinchada, como gente, como personas.

No caigo ni tomo dimensión que viajé tantas horas; qué comí una especie de guiso que no era guiso; que tomé un té frío espantoso y una bebida con gusto a arroz;  que visité lugares históricos de miles de años y al mismo tiempo edificios futuristas; que caminé el día a día de Tokio y Osaka, dos ciudades encantadoras; que viajé en tren bala; que disfruté del orden, la prolijidad y el respeto de una población envidiable; que saqué a relucir mi indio inglés; que conocí gente arriba del avión y pasé días con ellos como si fueran amigos de toda la vida; que lloré como un nene cuando River salió a la cancha en la final; que en uno de los banderazos tuve cara a cara a los jugadores; que entraba a comer a lugares y todo era silencio hasta que se juntaban más de tres argentinos; que crucé gente de la cancha que no veía hace años y nos emocionamos juntos; y miles de cosas más.

Millones de imágenes vuelan en mi cabeza y en mi corazón, pero para cerrar este relato me quedo con esta: En la mañana del día del primer partido, bastante temprano, lo que implicaba que los de River estaban durmiendo y los japoneses yendo a trabajar, tomé el subte rumbo a un hotel a encontrarme con un amigo, cuando en un momento levanto la cabeza y veo toda gente con los ojos distintos, juro que era el único occidental. Estaba yo solo con mi valija, la camiseta puesta y todos japoneses, tremenda postal. Ahí empecé a pensar dónde estaba. En Japón, acompañando a River. Como canté hace años en la ducha previo a Juventus. Como lo soñé toda mi vida.

 

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